Psyquiatria y salud mental
Pasquale Evaristo © Asterios Delithanassis Editore (Trieste), 2000
Prologo por Franco Rotelli | Introducción
| 1. Historia de la institución psiquiátrica
| 2. Gestión de la crisis en la Comunidad
| 3. Técnicas psicoterapicas y Servicios
Públicos | 4. Rehabilitación
en la comunidad del trastorno persisitente | 5. Inserción
laboral | 6. Intervención familiar
| 7. Necesidades complejas, recorridos cotidianos de curación
y derechos de los ciudadanos hacia los Servicios socio-sanitarios
| 8. Desinstitucionalización
| 9. Conclusiones: Hacia una psiquiatría
comunitaria | Bibliografia |
Trieste, 20 años despues
por G. Dell'Acqua (.doc 108 Kb)
7. Necesidades complejas, recorridos cotidianos de curación y derechos
de los ciudadanos hacia los Servicios socio-sanitarios
Para completar las reflexiones sobre las intervenciones
terapéutico-rehabilitativas, sería útil desplazar por
un momento nuestras miradas e hipótesis de trabajadores hacia el ciudadano
cliente de los Servicios. En este capítulo se hace referencia sobre
todo al contexto italiano, en en cual, a raíz de la reforma psiquiátrica
y sanitaria, han surgido problemáticas y contradicciones que incluso
los que trabajan en este mismo sector en naciones diferentes pueden examinar
con atención sacando cierto provecho.
Como ya hemos subrayado, la enfermedad mental difícilmente puede considerarse
como consecuencia de la alteración de un único factor, o biológico,
o psicológico, o social, o cultural. Se ha difundido también
en el mundo académico la teoría de la multifactorialidad.
Sin embargo, sectores más atentos a la ampliación del campo
diagnóstico, la consideran como el resultado de una complejidad de
necesidades que las varias instituciones sociales no han podido satisfacer
en las distintas fases del desarrollo individual.
En realidad, cada enfermedad psíquica es distinta, presentándose
de manera distinta en personas distintas, a tal punto que sería más
conveniente centrarse en el enfermo y no en la enfermedad, como dijo Franco
Basaglia.
Una petición de cura, en substancia, puede expresarse mediante síntomas
médicos (parecidos), mediante una desazón en las relaciones
interiores o exteriores, pero lo más frecuente es que surjan carencias
(diferenciadas) de respuestas afectivas, pedagógicas, formativas, culturales,
de rol laboral o social, que involucran, alguna que otra vez, la familia,
la escuela, la comunidad, la sociedad en su conjunto. Esa desazón a
menudo crea un desequilibrio en la costrucción de la identidad personal
y en su desarrollo, no llegando a emaciparse de una dependencia parental o
de esquemas relacionales que la reproducen, oscilando forzadamente entre dos
polos, sin llegar a declinar su necesidad parcial de dependencia o institucionalización
en necesidad vital de pertenecer a redes sociales adultas, a la par de la
necesidad de un plan de vida proprio, autónomo y autogestionado.
Las energías gastadas en esa búsqueda continua de sí
mismo distraen de un arraigo más profundo en el mundo de los intercambios
afectivos, de comunicación y de bienes, obstaculando, pues, una adquisición
de poder social, indispensable a la realización de los seres humanos.
Pero esta visión de la enfermedad, que se vino formando en las últimas
décadas, esta transformación epistemológica, que ya ocurrió
en parte de los trabajadores de la salud y de los legisladores, ¿está
involucrando también a los usuarios de los Servicios, es decir a los
ciudadanos?
O más bien, ¿sus peticiones siguen siendo invariablemente expresadas
por medio de síntomas médicos o psicológicos estandardizados?
Al mismo tiempo que se ofrecían nuevas oportunidades y se reducían
las respuestas más institucionales y forzadas como el manicomio, ciudadanos
que antes lo pedían para sí y para sus familiares, ahora están
modificando su actitud, pasando de una petición de cura y tutela de
la enfermedad a una petición de promoción de salud y de su salvaguardia.
Está claro que no es siempre fácil localizar una alternativa
mental fuerte, capaz de igualar la institución manicomial, con todos
sus significados y simbologías.
Sin embargo es nuestro deber trabajar también sobre estas expectativas,
que están difundiéndose, confusamente, entre los ciudadanos;
son expectativas de creación de salud en Servicios distintos de los
diputados únicamente a la construcción diagnóstica de
una enfermedad y a su ocultamento tácito.
Los ciudadanos que empiezan a adquirir una visión de enfermedad como
resultado de una trama compleja de sus necesidades psicológicas, existenciales
y sociales, y piden devanar el ovillo, ¿qué respuestas llegan
a obtener hoy en día? ¿cuáles derechos de control tienen
sobre los nuevos recorridos de curación?
Pensemos en los derechos de los ciudadanos con trastornos mentales, que hasta
los años 60 eran totalmente conculcados por lo Estados (por medio de
la internación en hospitales psiquiátricos, con despojo de todo
requisito de ciudadanía) en nombre de la defensa de la colectividad,
y que desde aquel entonces se han valorado, mediante los movimientos de emancipación
civil, de autoorganización de los usuarios, de deinstitucionalización
y desarrollo de derechos de ciudadanía para todos.
Los usuarios de los Servicios Públicos hoy podrían exigir, pues,
además de su derecho de ser considerados de veras como ciudadanos -
y por consiguiente de comunicar, de decidir de su proprio tiempo y de su cuerpo,
de conjugar libertad y salud, de ser respetados en su privacy, etc...- podrían
declinar más activamente su derecho a la salud en participación
a los recorridos de cura y prevención.
Pero, ¿cuáles recorridos corresponden mejor a los enunciados
precedentes? Acaso una articulación y un enlace de los Servicios, capaces
de ofrecer una respuesta a la complejidad del sufrimiento, la toma en cargo
global de las necesidades implicadas, la reducción de los filtros de
acceso, la integración entre respuestas sanitarias y sociales, un equilibrio
sensato entre presupuestos públicos y exigencias de la población,
la participación de representantes de usuarios en comitatos de participación
y verificación.
Si por consiguiente los ciudadanos desinstitucionalizan su petición
de ayuda, escamondándola de sovraestructuras sintomatológicas
excesivas y volviéndola más substancial y dialéctica,
¿los trabajadores están capacitados para llevar el paso, para
modificar su enfoque (diagnóstico) de los problemas, para presentar
habilidades y profesionalidad no escolásticas de hacer frente a las
necesidades emergentes, para compartir con el usuario las estrategias de intervención,
para devolverles de veras la palabra?
Intentemos analizar la cotidianidad optimal de los recorridos de cura desde
el punto de vista de los ciudadanos y como interaccionan con ellos los Servicios,
es decir, qué acceso efectivo pueden garantizar.
1. Relación entre derechos de los usuarios y responsabilidad
de los suministradores de los Servicios Públicos
2. Nuevas instituciones para la salud
7.1 Relación entre derechos
de los usuarios y responsabilidad de los suministradores de los Servicios
Públicos
(1) Derecho a no ser fragmentados
también por efecto de respuestas de servicios monovalentes, y además
por efecto de la enfermedad y de la cultura médica. Desgraciadamente
muchos Servicios están todavía embebidos por una (mono) cultura
y una organización que se limita a ver y encarar aspectos muy específicos
de los problemas (solo sectores o dispensarios médicos de tipo biológico,
centro para las crisis, estudios psicoterapéuticos con enfoques psicológicos,
centros de rehabilitación o de socialización centrados en la
ayuda social, laboratorios de expresión...).
Por eso, el ciudadano corre el riesgo de volverse crónico, a causa
de respuestas fragmentadas, no contextuales, no comunicativas, en contradicción
entre ellas, no en tiempo real. A cada mínima variación en la
expresión de su petición, el usuario puede de hecho ser expulsado,
includo mediante designación a otro Servicio, que encara siempre sólo
un aspecto parcelado de su problema y a menudo utiliza distintas modalidades
de acceso. Los Servicios contigüos, en realidad, no están integrados
en un sistema racional fácilmente asequible, en un circuito sensato
incluso para los usuarios y no sólo para su reproducción institucional
(turnos, horarios, competencias). Todo eso torna muy complicado recomponer
lo comprensible y lo incomprensible en la convivencia diálectica de
las biografía humanas. <inicio>
(2) Derecho a ser dirigidos
y respaldados en los recorridos sanitarios y sociales dentro de la selva burocrática
de los Servicios públicos, por medio de modalidades también
atípicas, capaces de eludir las respuestas evasivas: en vez de tratar
a los pacientes como casos de mayor o menor competencia, ¿no se podría
exigir que el Servicio "adopte" su problema ?
Desgraciadamente, en la época de los DRG (coste sanitario por patología),
de los budget para prestaciones, ¿Quién asume esta función
de acompañar al ciudadano sufriendo hacia una respuesta, independientemente
dedonde llegue?
Cada cual intenta no rebasar el rígido confín de su competencia,
incluso para que los que están en la cumbre de su institución
no le desmienten, ni le acusen de despilfarro.
Esta necesidad de "acompañamiento" supone la existencia de
Servicios en el territorio (previstos por la ley), su accesibilidad (también
prevista por la Carta de los Servicios), su "estar" al lado, su
conexión en red con las estructuras contiguas del mismo Departamento,
Distrito Sociosanitario, Empresa Sanitaria u Hospitalaria, Municipalidad para
los Servicios Sociales...(según prevén muchas normas vigentes)
.*
(*Son todos servicios establecidos por el Sistema Sanitario Público
en Italia)
Estas instituciones tendrían que comprometerse en resistir las contradicciones
allí donde surgen, en las fronteras al límite de las competencias,
en un territorio hecho de diversidades que hay que gestionar conjuntamente,
sin deportar o desviar a las personas, sino comunicando sobre los contenidos
de los problemas e integrando las prestaciones de sector con una respuesta
global ofrecida según la necesidad del ciudadano, sin dejarla al azar
o a la fortuna del individuo.
Los Servicios Públicos tendrían que estar organizados repartiendo
la responsabilidad según corresponda a un área determinada de
territorio o de problemas, compromitiéndose no sólo en la autoreproducción
sino en cuestionarse sobre las nuevas estrategias para las nuevas necesidades
que surjan en aquel dominio, evitando que se encaucen en lógicas mercantiles
o en circuitos de marginalidad.
Sin embargo, ¿quién no se dá cuenta de la tendencia de
los trabajadores sanitarios, encabezados por los psiquiatras, a obrar según
el esquema "todo mío/nada mío" (cuanto a competencia),
o "yo lo hago/lo hagan los demás" (cuanto a poder), haciendo
patente su resistencia a colaborar con estructuras y trabajadores menos especializados
o profesionales de ramas menores? Las corporaciones no retroceden fácilmente
y se refuerzan diferenciándose de las demás. <inicio>
(3) Derecho a ser considerados como personas
en toda su complejidad (afectos, deseos, habilidades y pérdida
de habilidades, historia...) y no simplemente un conjunto de síntomas,
deficit, o problema al que se interesa el servicio. Este aspecto concierne
directamente a los trabajadores psiquiátricos, a menudo obligados o
dirigidos hacia una clasificación patológica de la demanda y
poco atentos a las necesidades contiguas del trastorno, poco curiosos de los
reveses vivenciales presentes en los recodos de las peticiones médicas,
psicológicas, asistenciales o de control de los comportamientos.
¡Incluso el APA (American Psychiatric Association) tuvo la necesidad
de complicar con 5 ejes el instrumento diagnóstico del DSM III y IV,
insertando, junto a los elementos más clínicos, unos aspectos
existenciales!
Estos reducen indirectamente la distancia entre salud y enfermedad y devuelven
sentido también a los aconteciminetos patológicos.
Mantener unida su complejidad libera al ser humano, devolviéndole dignidad
y bienestar.
Considerar a "las personas como recursos y no como problemas", como
ha subrayado a menudo don Ciotti* (*Cura italiano que fundó comunidades
para la recuperación de los drogadictos y marginales), a partir de
sus momentos significativos, permite planear conjuntamente y no en menoscabo
de los usuarios, creando asimismo un sistema corresponsable entre institución
y ciudadano, para la reconstrucción de los destinos afectados por la
enfermedad.
Lo que rehumaniza en las extremidades de las comunidades humanas es contar
con modos y planes de convivencia. Sólo así se activan, según
el filosofo Habermas, procesos de inclusión en contra de la exclusión
social. <inicio>
(4) Derecho a ser respetados
según las capacidades de cada cual y los tiempos personales de comprensión,
de homeostasis, de adhesión/consentimiento a los objetivos y planes,
más allá de la objetivación de la enfermedad gestionada
por el poder sanitario.
Obtener un reflejo/prueba tanto de la realidad de los problemas, como de la
esperanza de enfrentarlos.
Contar con un referente humano y profesional duradero, ansiolítico
en un primer tiempo, sobre el cual poder descargar parte de los problemas,
a cuyo lado poder proyectarse luego sobre un recorrido de superación
del trastorno.
Ser ayudados poco a poco a cambiar, a responsabilizarse, a tener la oportunidad
de volverse algo distinto del trastorno dentro de sí y fuera de sí,
ciudadanos como los demás, aunque con una historia distinta.
Dentro de un servicio público, debido a la complejidad de organización
y al vaivén del personal, es tal vez difícil realzar los aspectos
psicológicos de cada relación "psicoterapéutica"
, es decir el respeto de los tiempos de maduración de los procesos
individuales, la construcción de una imprescindible relación
de confianza con los trabajadores, que no deben desaparecer demasiado de prisa,
y enfin el proceso de emancipación del Servicio y quizás del
trastorno.
Para el usuario podrá resultar complicado reconocer un helper
en un servicio camaleonesco, que cambia a cada rato cara, personalidad, capacidad
para asumir las responsabilidades, sobre todo si no se le ayuda a percibir
en ello una substancial unidad de objetivos y estrategias. Posiblemente, sólo
tras una pesada inversión de fuerzas, una relación humana personalizada
se puede convertir en una relación con un equipo de trabajo.
Los Servicios son los primeros que deben creer en una posibilidad de cambio,
más o menos amplia, para cada usuario: subtancialmente proporcional
al cambio de la institución o del entorno.
Por lo cual deben intentar salir de la "distancia terapéutica",
de la neutralidad, para acercarse a los usuarios-clientes, procurando crear
juntos referencias fuertes en su territorio y aumentar el sentido de pertenencia
y la identidad, reduciendo la "orfandad" patológica.
Acercándoles a elementos de realidad y asimismo de afectividad, estimulando
las esperanzas alcanzables y no vacuas, los trabajadores del Servicio tendrían
alrededor suyo el soporte necesario para asumir la dirección y el peso
de largos recorridos de cambio, respaldándose mutuamente sin ocultarse
en el grupo y en la comunidad, en la equivalencia de las personas y relaciones.
<inicio>
(5) Derechos principalmente positivos y
no sólo como defensa de los cuidados, violencias, y poder, es decir,
derechos formales en negativo sin el apoyo de ningún recurso o cultura
común, echados en un contexto donde a menudo se oponen resistencias
reales (como ocurre en la actualidad con los ciudadanos extracomunitarios...).
El intento de oponerse a recorridos también coercitivos, sin tener
ninguna alternativa, puede a veces abandonar a la persona a la soledad, a
un territorio que le es hostil, a redes sociales que no existen. Del mismo
modo, pretender que la sociedad ofrezca respuestas previstas en el papel,
pero hasta la fecha inexistentes, nos expone a una posición de mera
reivindicación, sin tentativas de mediación.
Es preciso contextualizar los vínculos profesionales, el acceso
a los derechos, dejando de lado las buenas intenciones, pero anclándose
en la realidad y en un necesario balancement entre derechos
y deberes.
Para obtener Servicios eficaces a estos niveles, los trabajadores, además
de sus conocimientos profesionales y de su competencia sobre las patologías,
deberían llegar a expresar sus capacidades de evaluación de
las necesidades, de elaboración de planes para hacer frente a éstas
y capacidad de gestión de las redes de suporte.
Además tendrían que adquirir la capacidad de insertar los fracasos
entre los resultados posibles y, por consiguiente, verificar las necesidades
no satisfechas, las respuestas que hay que modificar, la impotencia de la
disciplina, la búsqueda de respuestas "otras" (internas,
auto-ayuda, implicación de redes más amplias...) para valorar
el funcionamiento efectivo de los Servicios. <inicio>
La Ley 180 y los Preyectos Objetivo de "Tutela de la salud mental"
en Italia empujan hacia los Servicios Públicos, solicitados a confrontarse
con las personas que sufren y con la complejidad de sus necesidades desde
un punto de vista global e integrado. Pero ¿cuántas son las
monoculturas que sobreviven? ¿hay que hacer hincapié en el enfoque
global ó se quedará una quimera?
Son éstos y muchos más lo interrogativos que el ciudadano se
pone, primeramente si está obligado por sufrimientos personales o familiares
a acercarse a las instituciones psiquiátricas públicas, a menudo
después de buscar en las instituciones privadas una verificación
menos grave del problema. Pero está todavía encontrando muchos
obstáculos: la rigidez de la cultura médica que sigue dominando
los mass-media y los cursos de formación de cada nivel profesional,
la organización burocrática de los Servicios sociosanitarios
en general, la rigidez de los presupuestos, el cargo poco gestionado del trabajo
público, las motivaciones de los trabajadores que intentan desvanecerse.
Por tanto, la institución, ya obligada a cambiar conforme cambie la
demanda a raíz del trabajo de deinstitucionalización incluso
fuera del hospital psiquiátrico, intenta continuamente realzar la cabeza
y reproducir sus lógicas de poder, de exclusión, de corporación
etc., a contestar a menudo a la complejidad de los nuevos deberes tan sólo
con una rigidez burocrática.
Para evitar el burn-out de los trabajadores públicos y la consiguiente
retrocesión de todo el proceso de emancipación de los usuarios,
es fundamental que los trabajadores mantengan expectativas realísticas
respecto a su trabajo, que podrán seguir desarrollando si entran activa
y lúcidamente en el movimiento en espiral entre desinstitucionalización
y reinstitucionalización (p.ej. en los procesos ambivalentes de la
empresa sanitaria pública), forzando los momentos de mayor flexibilidad
y atenuando los de vuelta a la rigidez.
Todavía hoy en Italia, hay que comprometerse más en difundir
la cultura, la toma conciencia de los mecanismos de expulsión institucional
y social hacia los ciudadanos más indefensos, porque se sigue corriendo
el riesgo de reconstruir nuevas "juderías", donde encerrar
a los "diversos" y donde compartimentar nuevamente los derechos
que la comunidad todavía no ha metabolizado. "Busquemos brazos
y no queramos que lleguen hombres", según comenta con agudeza
el periodista Chierici sobre los nuevos "diversos", los inmigrantes.
<inicio>
7.2 Nuevas instituciones para la salud
Frente a las necesidades y a los derechos de los ciudadanos, ¿cuáles
son las instituciones posibles en la salud mental?
En la lógica que rige el tratamiento de la patología psiquiátrica
grave en estructuras diseminadas en la comunidad según el modelo italiano
y, sobre todo, según la praxis del equipo de Trieste, se halla implícita
la ausencia de algún contenedor como solución última
para las situaciones más complicadas; ya no existe el internación
en un hospital psiquiátrico.
Todas las contradicciones tienen que afrontarse directamente en su ámbito
o, al máximo, en las estructuras territoriales próximas al contexto
en el que surgen.
Esto implica la construcción de nuevas instituciones, más pequeñas,
más humanas, más atentas a la vida cotidiana de los ciudadanos
que, sin embargo, mantengan una responsabilidad de cura de los pacientes de
toda el área, especialmente los más graves, asumiéndose
también el deber de obligarlos temporáneamente con normas garantizadoras
a someterse al tratamiento cuando no se logre convencerlos.
Estas nuevas instituciones ya no se basan en el tratamiento de lo negativo,
de la patología psiquiátrica, sino que se centran, sobre todo,
en el fomento de lo positivo, es decir, de la salud mental de la comunidad
(Centros de Salud Mental); las nuevas instituciones tienen que estar en el
centro y dirigir una red de Servicios, diferentes en los diferentes contextos,
para hacer frente a las urgencias (normalmente en los hospitales generales),
para recrear canales comunicativos que vayan más allá de la
palabra (talleres artístico-expresivos), para rehabilitar a los enfermos
crónicos respecto a una mayor autonomía habitativa (pequeñas
estructuras protegidas) o respecto al trabajo (inserción laboral en
cooperativa, empresas artesanales...).
El circuito debería ser único en un territorio definido, con
un solo equipo de cura que, sin embargo, desempeñe tareas temporalmente
diversificadas por grupos; ello hace que la comunicación sea mucho
más fluida y, por lo tanto, que el recorrido terapéutico sea
lineal.
Estos Servicios deben garantizar, día y noche, una respuesta a los
ciudadanos, porque la patología y la urgencia surgen continuamente
y, a falta de una acogida en el territorio, se vuelve a crear la necesidad
de manicomio o de circuitos privados comerciales. de pago.
Por tanto se necesitan:
Servicios totalmente sustitutivos del manicomio, que funcionen
tanto con las emergencias como con un programa de tratamiento a largo plazo.
Servicios que deben organizarse según una red diferenciada
y compleja y según una gama múltiple de instrumentos terapéuticos
para responder con mayor competencia a los multiformes aspectos del malestar
psíquico.
Servicios que conjuguen interna o externamente intervención
clínica e intervención social, necesidades que a menudo se presentan
unidas en las patologías psiquiátricas; servicios relacionados
en los objetivos y en el uso de los recursos con la red comunitaria institucional
e informal.
Servicios inmediatamente accesibles ante la demanda del territorio
en el que están situados, sin listas de espera ni filtros de competencia
demasiado sectoriales.
Servicios flexibles en su organización, precisamente
a causa de la necesidad de dar respuestas proteiformes según las personas
y según la fase de la enfermedad en la misma persona; por tanto muchas
figuras profesionales diferentes que desempeñen papeles que no sean
rígidos, que puedan aunarse en intervenciones comunes.
Servicios que el paciente puede atravesar y remodelar según
sus propias necesidades, con una distribución del poder repartida entre
operadores y pacientes.
Servicios, pues, con una atmósfera menos jerárquica,
menos institucional, que se asemejen más a una casa, a una comunidad
terapéutica, que aludan más a la posible convivencia entre diversos
con un posible enriquecimiento recíproco.
Concluyendo, son necesarios Servicios que puedan constituir una red fuerte
pero flexible que detenga la caída psicosocial de las personas cuyas
conexiones con el mundo se han agotado con el tiempo; lugares donde puedan
reanudar juntos un recorrido de reconexión social, y donde no se queden
enredados como en las jaulas rígidas de la contención manicomial.
<inicio>
|