Psyquiatria y salud mental
Pasquale Evaristo © Asterios Delithanassis Editore (Trieste), 2000
Prologo por Franco Rotelli | Introducción
| 1. Historia de la institución psiquiátrica
| 2. Gestión de la crisis en la Comunidad | 3. Técnicas
psicoterapicas y Servicios Públicos | 4. Rehabilitación
en la comunidad del trastorno persisitente | 5. Inserción
laboral | 6. Intervención familiar
| 7. Necesidades complejas, recorridos cotidianos
de curación y derechos de los ciudadanos hacia los Servicios socio-sanitarios
| 8. Desinstitucionalización
| 9. Conclusiones: Hacia una psiquiatría
comunitaria | Bibliografia |
Trieste, 20 años despues
por G. Dell'Acqua (.doc 108 Kb)
2. Gestión de la crisis en la Comunidad
Se analizará ahora el marco dentro del cual
se han de emplear todos los instrumentos terapéuticos, tras subdividir
las dos caras del trastorno psíquico en la aguda (crisis) y en la prolongada
(cronicidad).
Ante todo, conviene definir lo que es una crisis, para
organizar luego su gestión de manera adecuada. La crisis psiquiátrica:
1) No es solamente un acontecimiento médico
que puede solucionarse mediante una intervención médica, sino
de un acontecimiento humano mucho más complejo.
En un primer momento la intervención médico-sedativa puede ser
necesaria para bloquear los recorridos destructivos que
se han creado, procurando sedar la ansiedad con ansiolíticos (por ejemplo,
Diacepán) o la agitación con neurolépticos (como la Clorpromazina),
en dosis incluso elevadas.
En ocasiones hay que aceptar la frustración de bloquear solamente los
síntomas, por ejemplo, agitación, agresividad, confusión,
tentativos de suicidio (con riesgo para la supervivencia), angustia, ansia,
catatonia (sufrimiento interior) y conductas extrañas (consecuencias
para la persona o para los que están a su alcance).
Sin embargo, aunque se empleen inmediatamente los fármacos como mediadores
de relación (para reducir el ansia, la agitación y la confusión...),
es menester centrar enseguida nuestra atención en la elaboración
de los síntomas, en su reinterpretación con el paciente,
para dar un sentido a estos acontecimientos en un recorrido existencial, y
para evitar la "necesidad" de una recaída en el futuro.
A veces el diagnóstico, si se hace de manera demasiado rápido,
puede llegar a ser somero e incierto, con el riesgo de perder para siempre
elementos de comprensión y verdad. <inicio>
2) Es el indicio de la ruptura
de un equilibrio entre la persona y su medio ambiente; en ocasiones
es más una alerta social que un riesgo personal.
Hay que analizar qué fue lo que se rompió en las relaciones,
por qué no se sigue tolerando la diversidad, por qué la diversidad
ha llegado a ser una enfermedad, qué papel tiene/tenía el "diverso"
en su familia y en su ambiente. Generalmente esta ruptura tiene sus reflejos
tanto en el exterior como en el interior de la persona: cuanto menos el individuo
pueda reconocerse de manera positiva en su prójimo, en el ambiente
exterior, menos resistirá la imagen interior de sí mismo, por
lo que se abandonará a la autodevaluación y a la autodestrucción.
<inicio>
3) Es una petición de auxilio,
ya confusa, porque la persona ya ha perdido la capacidad para expresar correctamente
una solicitud o la esperanza de ser escuchado después de que muchas
veces su voz se ha caido en el vacío y las personas o las instituciones
no le han prestado ayuda.
Por eso se ha producido un fracaso de las oportunidades que ofrece la existencia,
tras el final de las expectativas positivas de vida y de autorreproducción
humana según patrones no patológicos.
Lo que queda es una sufrida tentativa de ir a ciegas para llamar la atención
del mundo, aunque sea solamente por autodefensa. <inicio>
4) Por eso es una señal
que hay que aceptar para actuar no tanto sobre ella (apagar la luz indicadora
roja del motor), sino también sobre la situación que esa luz
señala, empezando por una intervención de cara al futuro.
El primer contacto es apremiante, el tratamiento verdadero, en cambio, puede
ser postergado. Tenemos que moderar nuestra impaciencia por hacerlo todo en
un momento y pensar en cómo organizar los recursos para el futuro.
<inicio>
¿Qué hacer?
Diagnóstico diferencial: para no confundir
un epifenómeno psicológico con graves alteraciones orgánicas
causales como por ejemplo traumatismos, tumores, meningoencefalitis, enfermedades
del metabolismo, etc.
- Bloquear los síntomas agudos con psicofármacos sedantes o
con actitudes específicas de acogida del ansia, de participación
en el sufrimiento, de intercambio humano, etc., según la disponibilidad
afectiva de los trabajadores comunitarios y del contexto...
- Plantear inmediatamente un programa terapéutico separado del modelo
médico.
¿Cómo?
1) Involucrar inmediatamente a los demás
sujetos del medio ambiente natural e institucional del paciente
en la lectura y gestión de la crisis, evitando el "embargo"
de los especialistas, rechazando una interpretación basada sólo
en los síntomas, reconstruyendo la historia de la vida del paciente
y situando sus nudos en el juego de los problemas existenciales.
En los manicomios, al igual que en los servicios más modernos de psiquiatría,
se encuentran eficaces subdivisiones de enfermos según sus síntomas
(eficaces sólo para poder ejercer un intenso control), pero a menudo
se pierde (bastan unas pocas semanas) la memoria del paciente, de sus gestos
y de su contexto, perdiendo así el "hilo de Ariadna" que
permite volver hacia atrás, para empezar a reconstruir. <inicio>
2) Restablecer en el paciente y en sus familiares la cultura
de la diversidad (que no es una enfermedad), de la enfermedad
(que no es incomprensibilidad) y de los momentos de incomprensibilidad (que
no es el destino crónico e irrevocable de la locura).
El destino crónico también está determinado por la desconfianza
del ambiente en la recuperación del paciente, que refleja esa actitud
y la absorbe (Ciompi, 1994).
Hay que prefigurar al paciente, a sus familiares y a la comunidad las posibilidades
alternativas de interpretación de la locura y las alternativas de tratamiento
y de destino que luego se pueden asumir.
Según Ciompi las expectativas que el ambiente deposita en la persona
son quizás el yugo más pesado para aplastarle, si son excesivas,
en cambio si son adecuadas existe la posibilidad de que se conviertan en el
resorte más potente para despertar a la persona y darle una razón
de vivir y situarse en el mundo. En cambio las expectativas escasas o casi
nulas le dan una imagen de su destino negativa, inevitable y fatal, una especie
de profecía que se autocumple.
Como amonestación a especialistas, familiares y amigos conviene destacar
la responsabilidad que representa para éstos creer en un futuro para
el paciente, de manera tan fuerte que esa seguridad llegue a ser el cabo que
salva al enfermo del pantano angustioso en el que se está hundiendo.
<inicio>
3) Ofrecer un ejemplo decisivo de la reanudación
de una relación de confianza con el mundo,
con nuestro nivel de atención, de estima, de dignidad, de encuentro,
de entrega momentánea del malestar, etc., utilizando todos las intermediarios
posibles (su amigo, su médico, su cura). Constituye un esfuerzo emotivo
y no solamente profesional empezar de nuevo cada vez a establecer una relación
con el nuevo cliente o con quien ha sufrido una recaída. Hay que franquearle
nuestras energías personales, antes que ese sujeto, ya aniquilado y
vaciado, pueda así convencerse que siempre merece la pena intentarlo
otra vez.
Nosotros corremos el riesgo de sufrir un pequeño desequilibrio emotivo
y de tener que marcar en cada ocasión una nueva ruta porque cada persona
es distinta. ¡Si lo que deseamos es un recorrido seguro y estándar,
lo podemos encontrar en la psiquiatría biológica, que proporciona
un fármaco distinto para cada síntoma y cree que ahí
se agota su tarea! <inicio>
4) Desencadenar una carga afectiva
en los familiares hacia el enfermo (casi un choque afectivo o un psicodrama
colectivo); somos nosotros los que debemos volver a abrir esas puertas y contribuir
a la reinvención de recorridos nuevos, siguiendo siempre los principios
de la cultura local; debemos esforzarnos para que el paciente sea readmitido
en su seno. Puede tratarse de un modo para lograr salir de la repetición
de las dinámicas destructivas de la crisis, del diálogo estéril
consigo mismo hasta la inmovilidad..., intentando acercar a familiares, amigos,
vecinos e instituciones al "monstruo", humanizándolo, personificándolo
mediante el contagio de su tradición y de sus raíces, mediadas
por las figuras representativas de la comunidad, que nuestra presencia tiene
que involucrar de una manera pedagógica.
Es menester devolverles tanto al paciente como a sus familiares la posibilidad
de un protagonismo humanitario, casi atávico y tribal, que reconstruya
relaciones más avanzadas y satisfactorias que las anteriores a la crisis.
¡Siempre se puede hacer algo más si existe una estrategia de
cambio! <inicio>
5) Elaborar, dentro del equipo del Servicio de salud mental,
un proyecto de cambio con etapas progresivas y concretas;
solamente en grupo se puede hacer frente a las numerosas tareas diarias y
cargar, sobre todo, con el peso que representan los problemas que están
todavía sin resolver. En un grupo de ese tipo cada miembro podrá
colaborar aportando su profesionalidad específica y sus emociones,
pero respetando a la vez una estrategia global.
Este proyecto tendrá que valorizar lo más posible las energías
presentes en el contexto, pero intentando introducir unos recursos públicos
concretos (medicinas, day-hospital, reuniones de grupo con animadores, rehabilitación
social y laboral, etc.) y ofreciendo la posibilidad de mantener intercambios
humanos y de capacidades, de auto-ayuda, de compartir experiencias y afectos
con otros sujetos sanos o en crisis.
Cuanto más la comunidad esté disgregada o no se reconozca como
comunidad, más servirán unos Servicios Públicos capaces
de sustentarla o de reemplazarla (lo que nunca será totalmente posible).
Esta institución tiene que obrar con cierta racionalidad para evitar
que sus dinámicas interiores provoquen externamente recaídas
nocivas. Es menester que todos los trabajadores sanitarios de la comunidad,
unidos, se pongan al servicio del ciudadano, renunciando tanto a evidenciar
discordancias excesivas que los llevarían a reñir más
que a colaborar, como a dar un consejo o un mensaje propio que no fuera decidido
por el grupo. <inicio>
6) Hacerse cargo de la responsabilidad
de la situación, cuando no lo hagan otros sujetos, también con
respeto a los puntos de hetero/auto-agresividad y de peligrosidad;
éstos son elementos humanos del carácter que en ocasiones se
ven acentuados por la paranoia, los celos, la confusión tóxica
o demente, el carácter sospechoso del oligofrénico o la megalomanía
contrastada; pero sobre todo se trata de elementos "creados" por
el imaginario colectivo acerca de la locura.
Por regla general la agresividad, ya presente en el carácter y en la
historia de la persona, se acentúa por su miedo a ser atacado, que
lo lleva, consecuentemente, a defenderse.
Es conveniente afrontar la situación en grupo, con atención
y al mismo tiempo con serenidad, evitando causar temores con efectos de espejo
(mostrándose agitados), construyendo de este modo, antes de mantener
un encuentro con la persona, un ambiente que nos permita actuar en un clima
tranquilo, con mayor tiempo, considerando más soluciones y que no nos
obligue a escoger una opción única.
Sin embargo no podemos abandonar a la persona a su sufrimiento y a su destino;
es meyor obligárla - si resulta inevitable - a la confrontación
con la seguridad pública, con la hospitalización y la acción
sedativa; cuanto mayor sea el apoyo social, menor será, pues, la necesidad
de represión y sedación. Por consiguiente, apenas la persona
se despierta, hay que empezar inmediatamente a reconstruir una relación
de confianza, de comunicación y, para ello hay que elaborar un proyecto.
A menudo el reto, la prueba de la realidad que los demás, las personas
más cercanas a él, le han dado - demostrando todos juntos y
con hechos incontrastables ("secuestro momentáneo de persona")
que él ha propasado cualquier límite en su evaluación
de la realidad y se ha perdido en el desierto de la no comunicación
- resulta casi siempre pedagógico y favorece la reanudación
del diálogo y de la afectividad.
El tratamiento verdadero empieza con una real posibilidad de comunicación
con el sujeto (incluso a partir de un fármaco para aliviar la angustia)
; después se puede lograr que se comprometa a cooperar en el proyecto
de superación de sus nudos existentes. Cuando hayamos creado en la
persona la posibilidad de participar con nosotros
en su cambio y hayamos despertado su contexto social para que lo ayude, la
emergencia cesará y empezará el trabajo para su completa recuperación.
<inicio>
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